The Sonics, con cara de jóvenes formales, pero tramando vete a saber qué maldades
Todo empezó, como tantas otras historias, con una casete grabada.
Ya he hablado aquí de esa cinta y de cuántos descubrimientos gozosos salieron de ella. Entre ellos, los alaridos cardiacos de The Sonics.
Antes de que existiera tal cosa como la función random, sólo existían dos opciones: escuchar el disco/cinta/cd de principio a fin o saltarte canciones a manubrio (levantando la aguja o dándole al botón FF). Por eso conservamos lo que podríamos llamar "memoria discográfica": aun hoy, cuando escuchamos equis canción de tal álbum, sabemos perfectamente cuál vendría antes y después e incluso en qué momento saltaba la aguja del tocadiscos. 'Psycho' venía justo antes del 'I Feel Good' de James Brown.
Vintage Trouble con Ty incitando al personal (foto: Urko Dorronsoro en Wikipedia)
Hace casi exactamente dos años estaba viviendo un conciertaco histórico en el estadio Vicente Calderón: AC/DC en su gira Rock or Bust, aún con Brian Johnson en plena forma. Y más o menos con las mismas temperaturas infernales de hoy.
Tranquilidad, que no voy a contaros otra vez mi batallita de vieja rockera. Esto viene a cuento de que, como os contaba en mi crónica del momento, una de las cosas que más me alucinaron de esa noche (y hubo muchas) fueron los teloneros, unos tíos de los que no había oído hablar en mi vida y que se hacían llamar Vintage Trouble.
¿Mustios? ¿Afligidos por el peso de la vida diaria? ¿Dándole vueltas a la hormigonera sin tregua? Bien: tengo lo que necesitáis. Por favor, levantad el culo del asiento para recibir a ¡Míster Jaaaames Brown! Y si ahora no enloquecéis con ‘Get Up Offa That Thing’, entonces sí, hacéoslo mirar.
Hace unas semanas estaba yo tratando de sobrellevar una tarde laboral complicada con la ayuda de una estupenda playlist de Atlantic Soul realizada por Fernando Navarro. Un montón de joyitas, una tras otra, hasta que llegué a 'Get Up Offa...' y… tuve que parar de teclear y, literalmente, sujetarme a la silla para no ponerme a pegar botes sobre las mesas de la oficina berreando “I’m back!” (y terminando, por ende, de arruinar mi ya lamentable reputación en el curro).
Es verdad que cualquier tema de El Padrino del Soul produce un efecto similar, pero no sé qué tiene este soul-funk rabioso que me pone especialmente cardíaca. El inicio, que ya promete que vendrá algo grande; los aullidos del bueno de James; todas esas texturas musicales; por supuesto la sección de viento tan brutal… y claro, ese mantra que se repite todo el tiempo: “Get up offa that thing and and dance 'till you feel better”, esa invitación a bailar hasta caer rendido y olvidarte de tus pesares. Debe de haber algo muy tribal en la acción de bailar, algo que nos hace remontarnos a nuestro estadio más primitivo, cuando la danza servía tanto para conjurar a los malos espíritus como para atraer la lluvia. Da igual que lo hagas bien o mal; esto no es 'Fama'. Por muy arrítmico que seas, creo que todos sentimos la necesidad de liberarnos, física y mentalmente, a través del baile. Y esto lo sabía James Brown como nadie.
Tuve la suerte de verle en el que debió ser uno de sus últimos conciertos, en un Galapajazz de hace ocho años, gracias a una entrada providencial que me regaló mi buena amiga María. Recuerdo un calor insoportable propio de noches de julio y llegar de Madrid a Galapagar sudando como un pollo de granja de esa asquerosidad llamada Kentucky Fried Chicken, pero en cuanto Él salió al escenario di por buenos todos los sudores. Nunca he visto a nadie con semejante sentido del espectáculo y moviéndose con esa energía tan endiablada, y mucho menos a un señor de 70 años. Fiel a su leyenda, llevaba un par de bailarinas macizorrísimas y estaba encantado de la vida, el tío.
Os sugiero que, aparte de no perderos este directo brutal del 79, escuchéis la canción también en este otro enlace, donde se aprecian matices de la grabación que se diluyen en concierto. Pero ¡qué directo, Señor!
Bien, ha llegado el momento de confesar que toda esta palabrería no ha sido más que una sucia artimaña para meter en el blog a esa obra maestra de la Naturaleza llamada Michael Fassbender. La primera vez que me topé con este hombre fue en una película increíble (y jodida) que os recomiendo a todos, Fish Tank. Nunca le he visto más guapo ni en un papel con tantos dobleces; ni siquiera en Shame (y mira que está tremendo en Shame…). El caso es que en la peli se marca este baile que vais a presenciar; es más o menos hasta el minuto 1.20… aunque entenderé perfectamente que haya quien lo vea hasta el final. God save the Soul!
Si hay una canción capaz de ponerme automáticamente de buen humor, ésa es Wonderful World. De vez en cuando me la regala el modo aleatorio de mi cacharrito mp3, que es muy listo, y entonces cualquier día se convierte en un buen día. Otras veces, cuando necesito un extra de ánimos, hago trampa para que suene dos o tres veces seguidas.
Wonderful World (no confundir con el What a Wonderful World de Louis Armstrong) es uno de los temas más populares del enorme Sam Cooke, quien además de ser una de las más influyentes figuras del soul, fue destacado activista del movimiento pro derechos civiles de la población negra en los 60 y el primer músico afroamericano que fundó su propia discográfica, SAR Records (hoy ABKCO).
Siguiendo la estela de fatalidad de las leyendas de la música popular, Cooke murió en 1964 con solo 33 años, durante un incidente raruno con arma de fuego y chicas de por medio. Pero dejó para la posteridad un puñado de endiabladas canciones capaces de hacer bailar al más seto de la fiesta: Chain Gang (otra de mis favoritas), Twistin' the Night Away, Shake… En realidad, cualquier clásico del soul y el rythm and blues (el de verdad, no eso que se hace ahora llamado “ar-an-bi”; soy un poco jacobina con este tema, sí) es un antídoto contra la mala leche y la tristeza. Probad a poner un disco de Sam, de Otis Redding, de The Supremes o de cualquier grupo de chicas de la época, de Solomon Burke, de Al Green, de James Brown… y veréis lo que pasa.
Escrita por el propio Cooke junto a Herp Albert y Lou Adler en 1958 y lanzada como single en 1960, Wonderful World es una sencilla composición sobre el asunto más universalmente tratado en la historia de la música pop. Básicamente, es una declaración de amor: el chaval le confiesa a su chica soñada que es una calamidad; que ni se entera ni le interesa nada de lo que le cuentan en el High School; que nunca ganará una beca para ir a Harvard, pero que si algo sabe a ciencia cierta es que la quiere. En fin, bonito amor adolescente y esas movidas. Supongo que una de las cosas que la hacen irresistible es que consigue que hasta los más cínicos del condado respecto a relaciones sentimentales creamos que el amor verdadero existe… aunque sólo sea durante los dos minutos que dura la canción. Por su causa yo estuve enamoradísima durante todo un mes de un profesor sexagenario de inglés que tuve hace algunos años. Y todo porque un día se trajo la guitarra, nos enseñó la letra y nos tiramos toda la clase cantándola. El pobre Sam Cooke debe estar todavía removiéndose en su tumba...
Como suele suceder con los grandes clásicos, éste ha sido versionado por músicos de tan diverso pelaje como Otis Redding, Sam & Dave, Bryan Ferry o –glups-... Michael Bolton. El masoquista que todos llevamos dentro me ha impulsado a buscar dicha versión en YouTube y... bueno, qué puedo decir, no entiendo como este tipo de cosas no están tipificadas aún en el código penal.
Lo que sí es imprescindible recordar es que WW suena en una de las secuencias clave de Único testigo (Peter Weir, 1985). Kelly McGillis y Harrison Ford, que no podía estar más guapo (esto fue mucho, mucho antes de que se le fuera la olla, se casara con Ally McBeal y rodara estúpidas películas sobre marcianos y vaqueros), se marcan un baile mítico en un granero en la que es, probablemente, una de las escenas con más erotismo contenido de la historia del cine. Y sin enseñar ni media teta, oigan.
Ya he vuelto de mis vacaciones... ¡¡¡qué bajón!!! qué difícil es sacar 'canciones de buen rollo' de la cabeza cuando el buen rollo brilla por su ausencia... pero precisamente en eso consiste la terapia CBR, en hacer aflorar el optimismo de la adversidad a través de la música, así que allá vamos.
Mi regreso a la dura rutina laboral ha sido desagradable y accidentado ocasionando entre otras cosas que en una semana me pierda dos de los conciertos más buenrolleros y esperados del verano. El primero fue este martes. La cita era con la gran voz blanca de la música negra del momento: el pequeño Eli 'Paperboy' Reed, que ha revolucionado el mundo del soul, el R&B y el funk de los últimos años. Sólo he podido paliar mi ausencia en tan ansiado evento con la excelente crónica de Manu Grooveman para Music News Television.
Este jovencito de Boston tiene cara de niño y voz de negraco del Bronx. Es como un Stevie Wonder con suerte: no solo no es ciego sino que además es blanco ;-) jejeje. Su mote "Paperboy" viene de su especial forma de llevar una gorra que perteneció a su abuelo y que recuerda a los antiguos repartidores de periódicos de los E.E.U.U. Eli se aficionó a la música negra escuchando los discos de su padre cuando era pequeño. Apredió autodidácticamente a tocar el piano, la armónica y la guitarra y fundó una banda llamada the True Loves con la que ha cosechado críticas muy positivas tanto por parte de la crítica como del público.
'Come and Get it' da nombre a su último disco -el que le ha lanzado a la fama internacional- y es, además, un temazo cargado de vitalidad y positivismo. Todo en su composición hace que te contagies inmediatamente de su estado de gracia y supures groove hasta levitar: desde su trepidante letra, su potente percusión, sus contundentes vientos, ese swing sesentero tan Motown, los coros agudos tan bailables, el riff de bajo tan funky y por supuesto su voz... ese timbre que haría resucitar al mismísimo James Brown.
Aquí os la dejo, por si no os habías dado cuenta de que ya es viernes... El finde ya está aquí: just come and get it! ;-)