Me voy a sincerar y os voy a contar una cosa que me pasó este verano con el único afán de haceros sentir vergüenza. Vergüenza ajena; es decir, de mí. Estaba con mis hijos en el asiento de atrás del coche, rumbo a las Caldas (Oviedo) pasando el rato entre los verdes paisajes asturianos, buscando vídeos de canciones que íbamos soltando al azar por turnos. Ahí salía de todo: The Beatles, Michael Jackson, Metallica, Stevie Wonder, Madonna, Guns n' Roses, Los Inhumanos... Nuestros gustos son muy eclécticos, como sabéis.
En un momento dado, quise buscar una canción pegadiza que les había oido canturrear a ellos y bailarla, pero no sabía cómo se llamaba. Solo sabía que era razonablemente reciente, que había sido un hit y que me sonaba a rollo nipón, así que busqué "canción japonesa de moda" y nada, ni una de las que salió era la que yo tenía en la cabeza. Así que me puse a tararear el estribillo tal y como lo recordaba hasta que mi hijo mayor exclamó: ¡Ah, es Dance Monkey! Y acto seguido me miró frunciendo el ceño ya con media sonrisa en la cara, y me dijo: pero ¿canción de moda japonesa por qué? ¿¿japonesa?? ¡¿en serio?! y se empezó a descojonar de mí, contagiando a su hermana.
